Saturday, October 18, 2008

El Laus Spaniae de San Isidoro de León

Mitificado y considerado por muchos como una de las primeras muestras de la posterior concepción de España, el Laus Spaniae o De Laude Spaniae de San Isidoro de León constituye el Prólogo de su Historia de Regibus Gothorum, Vandalorum et Suevorum, una de las pocas fuentes que tenemos para el estudio del período Tardoantiguo en Hispania. Será incluso un punto de referencia para la elaboración del Laus Pamplione, cuya fecha de elaboración es discutida aún, junto a variadas y diferentes obras medievales e incluso modernas.

Lejos sin embargo de ser una obra completamente original, los versos así denominados de San Isidoro son deudores de los numerosos Laudes romanos, con Plinio el Viejo como base. Su novedad es ser concebido como una obra de propaganda de la monarquía visigoda, en la que se plasma el deseo y objetivo por parte del nuevo reino de ganarse el favor, apoyo y legitimidad de la población hispanorromana, y ante todo de su élite. Así, de esto muchos pseudohistoriadores pretenden atisbar el arraigo y la fortaleza de un sentimiento nacional anacrónico, que difícilmente encaja con la realidad de la Hispania del momento, aunque intenta sentar sus bases. En este caso, el Estado precede a la nación. Y es que la vida del santo sevillano se enmarca en el momento en el que parte del sur Península Ibérica se hallaba bajo control del poder bizantino, conformando la provincia de Spania; una provincia que, lejos de ser fuertemente ocupada e importante para los restos del Imperio, evidenciaba la posición de la élite hispanorromana y del resto de la población subyacente.

Fueron unas gentes, romani, que abrieron sus puertas al Imperio, y que sustentaron ellos y solo ellos la permanencia de los soldados romanos (como entonces se les seguía llamando a los bizantinos, y que es la denominación más correcta) en Hispania. El Imperio no pudo mirar a sus dominios más occidentales con la atención que merecía prácticamente en ningún momento, ahogado por otras cuestiones de mayor entidad, internas y externas. En medio de este proceso San Isidoro elaboró tal panegírico, que no iba sino en la más coherente línea que seguía la monarquía visigoda: la búsqueda del sustento social de una población que mantenía unos vínculos mucho más estrechos con el Imperio reestablecido en el sur, potencialmente peligroso y una verdadera amenaza si las circunstancias le hubieran permitido a los restos de la vieja Roma llevar a cabo alguna acción más en la lejana Hispania. De ahí que se haga tanta inflexión en la unión de la tierra hispana y los visigodos, pues es es lo que el poder político tenía como elemento esencial para su supervivencia.


El texto del Laus Spanie es el siguiente:

1. Omnium terrarum, quaeque sunt ab occiduo usque ad Indos, pulcherrima es, o sacra, semperque felix principum, gentiumque mater Hispania. Jure tu nunc omnium regina provinciarum, a qua non Occasus tantum, sed etiam Oriens lumina mutuat. Tu decus, atque ornamentum orbis, illustrior portio terrae: in qua gaudet multum ac largiter floret Geticae gentis gloriosa fecunditas.

2.
Merito te omnium ubertate gignentium indulgentior natura ditavit. Tu baccis opima, vis proflua, messibus laeta, segete vestiris, oleis inumbraris, vite praetexeris. Tu florulenta campis, montibus frondua, piscosa littoribus. Tu sub mundi plaga gratissima sita, nec aestivo solis ardore torreris, nec glaciali rigore tabescis, sed temperata coeli zona praecincta, zephyris felicibus enutriris. Quidquid enim arva fecundum, quidquid metalla pretiosum, quidquid animantia pulchrum et utile ferunt parturis. Nec illis amnibus posthabenda, quos clara speciosorum gregum fama nobilitat.

3.
Tibi cedet Alphaeus equis, Clitumnus armentis, quanquam volucres per spatia quadrigas olympicis sacer palmis Alpheus exerceat, et ingentes Clitumnus juvencos capitolinis olim immolaverit victimis. Tu nec Etruriae saltus uberior pabulorum requiris, nec lucos Molorchi palmarum plena miraris, nec equorum cursu tuorum eleis curribus invidebis. Tu superfusis fecunda fluminibus, tu aurifluis fulva torrentibus. Tibi fons equi genitor. Tibi vellera indigenis fucata conchyliis ad rubores tyrios inardescunt. Tibi fulgurans inter obscura penitorum montium lapis jubare contiguo vicini solis accenditur.

4. Alumnis igitur, et gemmis dives et purpuris, rectoribus pariter et dotibus imperiorum fertilis, sic opulenta es principibus ornandis, ut beata pariendis. Jure itaque te jam pridem aurea Roma caput gentium concupivit, et licet te sibimet eadem Romulea virtus primum victrix spoponderit, denuo tamen Gothorum florentissima gens post multiplices in orbe victorias certatim rapuit et amavit, fruiturque hactenus inter regias infulas et oves largas, imperii felicitate secura.


Y un esbozo de su traducción a la lengua española, tomada de esta web, es:

De todas las tierras, cuantas hay desde Occidente hasta la India, tú eres la más hermosa, oh sacra España, madre siempre feliz de príncipes y de pueblos. Bien se te puede llamar reina de todas las provincias....; tú, honor y ornamento del mundo, la más ilustre porción de la tierra, en quien la gloriosa fecundidad del pueblo godo se recrea y florece. Natura se mostró pródiga en enriquecerte; tú, exuberante en frutas, henchida de vides, alegre en mieses...; tú abundas de todo, asentada deliciosamente en los climas del mundo, ni tostada por los ardores del sol, ni arrecida por glacial inclemencia....Tú vences a Alfeo en caballos, y al Clitumno en ganados; no envidias los sotos y los pastos de Etruria, ni los bosques de Arcadia...Rica también en hijos, produces los príncipes imperantes, a la vez que la púrpura y las piedras preciosas para adornarlos. Con razón te codició Roma, cabeza de las gentes, y aunque te desposó la vencedora fortaleza Romúlea, después el florentísimo pueblo godo, tras victoriosas peregrinaciones por otras partes del orbe, a tí amó, a tí raptó, y te goza ahora con segura felicidad, entre la pompa regia y el fausto del Imperio.

Su traducción se puede encontrar en la edición de Cristóbal Rodríguez Alonso.

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Friday, February 29, 2008

"Sultanlar Askina"

A modo de ilustración de la anterior entrada, mostrar una visión para nosotros atípica que hace unas semanas dió el que debe de ser en Turquía un conocido grupo musical, Can Attila. El motivo no es otro que echar un vistazo a otra concepción de esa jornada de 29 de mayo de hace casi 555 años, una visión que puede sernos extraña y lejana cuando detrás de ella y de su materia subyace una cuestión que alcanza hasta las raíces de nuestra civilización, ignorada o no, pero presente, al igual que para el resto de culturas y civilizaciones que les atañe directamente, con la diferencia de que su presencia goza de diferente protagonismo y trato.

La reconstrucción del asedio no tiene desperdicio, al igual que el intento de dar una imagen de la Constantinopla del momento, con sus edificios más emblemáticos, algunos hoy aún presentes. Únicamente mencionar que sobre la gran columna debería estar la estatua de Apolo con la cabeza de Constantino, cuya presencia si no me equivoco permaneció inviolada desde el 11 de mayo de 330, cuando se constituyó la ciudad como la Nova Roma, hasta tal día. Pero no por todo ello ha de pasar desapercibida la letra, de ahí que suba una versión subtitulada en inglés. Lo siguiente es objeto de reflexión individual, pues la colectiva no pasa de ser meramente deseada. Ecce est:



Y con esto espero concluir el pequeño homenaje a la Patria huérfana, como acertadamente cierto autor la denominó.

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Saturday, February 09, 2008

La Saga de un Álvarez de Toledo

El origen de este famoso linaje castellano, hoy conocido con el título de Duques de Alba, se remonta al siglo XI. El fundador de esta familia se encontraría en la figura del arzobispo don Gutierre Álvarez de Toledo, primer señor de Alba por Juan II, y posteriormente duque de la misma. Sin embargo, la genealogía de este formal fundador de la famosa casa nobiliaria se remonta al siglo XI, cuando el linaje de los Álvarez de Toledo tiene su inicio legendario en la persona Pedro de Toledo, el mítico Pedro Paleólogo, conde de Carrión, por medio de su matrimonio con Jimena Núñez, estableciendo las cuatro ramas de esta familia.

Llamará la atención este apellido, y es que Pedro Paleólogo no es ni más ni menos que el hijo (o hermano, como también se le ha considerado) del bizantino emperador Isaac Comnemo, aquel que iniciará la etapa que llevaría a un nuevo período de esplendor de los vestigios romanos. ¿Qué demonios hacía aqui? Según la tradición habría partido desde Oriente para unirse al emperador Alfonso VI, prestándole su auxilium para la conquista de la simbólica ciudad de Toledo.

Pero hay un elemento más legendario si cabe a añadir al hecho (insisto, legendario) de que un familiar directo del que iniciaría la breve restauración de la grandeza del Imperio de Oriente sobre los segundos invasores y los musulmanes viniera a las entonces más que lejanas tierras peninsulares para prestar sus servicios al rey que recuperaría para la Christianitas, como entonces se decía, la simbólica capital romana y visigoda de Hispania.
Y es que tres siglos y medio después, en 1453, hay constancia en las crónicas de que un miembro de este linaje, don Francisco Álvarez de Toledo, partió a las tierras del fundador de su casa en defensa y socorro del que será último emperador oriental: Constantino XI Paleólogo. Se hará a la mar acompañado de aquellos caballeros que quisieran defender el último resto formalmente romano, y por ello tan simbólico como sabría toda la Cristiandad cuando lo perdiera, en un viaje que se esperaba sin retorno.

Así, no solo hubo un granito de ayuda española (pues no solo estaba presente este noble castellano y sus caballeros, sino parece ser que también aragoneses) en la última defensa de la Segunda Urbe bajo las mismas murallas que resistieron a los hunos y godos, sino que un legendario descendiente de un emperador bizantino volvería a su tierra a defender, como hizo antaño su antepasado, la permanencia y recuperación de lo que aún en la mentalidad colectiva era Roma, codo con codo con un undécimo Constantino que dejó de lado los atavíos imperiales por las armas de sus soldados, muriendo como su pueblo y junto a su pueblo.

La leyenda que envuelve la muerte de su último emperador, casualmente llamado igual que aquel que la vió nacer, daría para otra entrada.

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